La etimología salvó mi vida. PARTE I

Vivimos en un mundo confuso o, cuanto menos, complejo, tan complejo que a veces cuesta creer ciertas cosas que ocurren. Es como un reto que se han auto-impuesto las élites gobernantes de nuestra era, demostrando que son capaces de hazañas dignas de ser escritas en los libros de historia, hazañas para gloria y recuerdo de la humanidad que pasan de lo ominoso a lo surrealista con tan solo pestañear. Cuando me paro a analizar causas y efectos de estas maravillas de la condición humana, la verdad, no se si estamos en un punto de la humanidad pretendido a medias, completamente, o, simplemente, se nos ha ido de las manos. Que nos controlan, nos manipulan y nos mueven de aquí para allá a su antojo es algo más que evidente, pero no dejo de pensar en que, simplemente, y a lo largo de la historia, se han ido sentando ciertos precedentes, precedentes que en las buenas manos de grandes personajes de la historia se convirtieron en dogmas y, en muchos casos, el ser humano se puso el yugo a así mismo porque era más fácil enfrentarse a un mito y tomarlo como verdad que explorar las incontables posibilidades que la conciencia humana puede albergar.

Una de las facetas en las que más advierto la manipulación y la inercia hacia creencias y normas no escritas es en el lenguaje y su uso para comunicarnos y registrar la realidad en la que vivimos. Ya hablamos sobre la importancia del lenguaje a lo largo de la formación de la humanidad en estos dos artículos Parte I y Parte II, pero me quiero detener en cómo el lenguaje nos manipula, a veces, para crear situaciones no deseables en nuestro proceso de crecimiento personal. También hemos dicho ya que el ser humano vive y sólo puede vivir en función del significado que él mismo ha inventado sobre su existencia, por lo que el lenguaje forma parte de esa invención necesaria para poder subsistir en el mundo de la materia. Es la herramienta que nos permite aportar significado a las cosas, ni más ni menos. El lenguaje, ya sea en su versión escrita o hablada, nos permite la creación de una tradición, o mito o una idiosincrasia propia a la que aferrar nuestra existencia.

Las palabras se llenan de connotaciones, los conceptos se agarran a ellas y el ego, siempre al acecho, se erige como un lingüista profesional que no dudará en ser sutil en las interpretaciones para llevarte allí donde él quiere. Como el que se aferra a unas preferencias y las argumenta muy vehemente para no enfrentarse a su propia debilidad o miedos. el lenguaje es poderoso y muy convincente. La ignorancia pretendida a la que nos someten constantemente también usa el lenguaje para manipular nuestro entorno y mantener el letargo de manera efectiva y creíble.

Hablemos del merecimiento y la palabra merecer para entender esto un poco mejor. El merecimiento, lo que merezco o lo que no. Lo que creo merecer y lo que merezco por haber hecho esto o aquello. La definición lógica de esta palabra y sus connotaciones en el mundo en el que vivimos vendría a ser ese momento donde espero ser retribuido por algo, hay algo que se me debe y lo merezco, o no. También hay momentos donde merezco reconocimiento por algo que he hecho, de nuevo me encuentro en disposición de que se me de algo. Pensemos ahora la parte negativa, cuando nos ocurre algo y decimos eso de por qué merezco esto o aquello que me está pasando. No creo merecer el mal, ni el sufrimiento, ni la perdida, porque son cosas negativas y las emociones asociadas a estos hechos son dolorosas y están llenas de nostalgia, impotencia, dolor y miedo. Todo cosas muy malas. ¿Veis por donde voy?

Merecer proviene del término merescere, compuesto por el verbo merere (ganar) y el sufijo escere. El participio es meritus y de él se derivan palabras como merito o emérito. Ahora bien, también tenemos palabras como merienda que se asocia a la raíz indoeuropea (s)mer– que significa, básicamente, compartir. Y, para rematar, también en griego, tenemos la palabra μερος [meros] “parte” o “segmento”, palabra que también proviene de esta raíz común indoeuropea. Analicemos esto. Todas estas palabras provienen de la misma raíz, (s)mer- , que, como hemos dicho, significa compartir, pero la versión latina nos lleva al mérito, al merecimiento que posteriormente la mitología cristiana se encargaría de anclar a sus estándares morales para favorecer y fortalecer sus dogmas. Exclamar a Dios por qué no merezco tal o cual hecho o pedirle a Dios algo que creemos merecer ha formado y forma parte de la estructura mercantilista de la gran mayoritaria de religiones que conocemos normalmente. La versión griega y su visión del merecimiento como una parte de algo que, por su propio significado, es algo se comparte, es menos dada a los dogmas. Supongo que no es casualidad que el uso de una sirva para expresar sentimientos y la otra sirva para describir objetos (polímero, isómero…) En cualquier caso, ¿qué se comparte? Me gusta pensar en esto asociando esta idea a términos que hablan del ser humano en su faceta más personal e interna. Según yo lo entiendo, se comparte algo de lo que se es parte (unicidad) y que es múltiple ( la realidad como multiplicidad) y, entendiendo esto como algo que ocurre constantemente, podemos deducir que siempre mereceremos la parte que nos toca, porque es lo que Es. No está aislado, no es una hecho concreto por el cual recibo lo que merezco. No hay partes mejores o peores, ni méritos, ni logros, ni recompensas o reprimendas por nuestros actos y, por supuesto, como ya hemos dicho, no es un hecho aislado, no merezco o dejo de merecer por tal o cual cosa. Siempre estamos mereciendo algo, siempre estamos en movimiento, dando y recibiendo.

¿Y si cuando algo venga a nosotros y nos hagamos la pregunta de si creemos merecerlo, en vez de mirar ese hecho con los ojos mercantilistas del merecimiento como dogma, como una lágrima más que hay que derramar en el valle, lo miramos como esa parte (μερος [meros]) que nos toca y que si o si tenemos que compartir ((s)mer- )? Cuando nos venga el éxito pensemos que es sólo un parte de ese trozo. Cojamos ese parte y sigamos compartiendo, sigamos mejorando, ofrezcamos algo a cambio, en vez de esperar esa recompensa y sentirnos satisfechos sin más. Aprovechemos eso que se nos da y formemos parte de esa realidad compartida. Creo que es una forma más realista y humana de mirar muchos de los hechos que nos acontecen día a día. Reduce el egoísmo, relativiza el valor de lo material y crea una expectativa por ver qué será lo siguiente, una expectativa basada en esta visión no mercantilista del merecimiento. Es, más bien, como una aventura. La vida pesa menos, es liberador y el ego se ve estrechado, puesto que ya no buscamos el éxito personal, ni conseguir excesivo provecho, ahora su capacidad de acción queda( o puede quedar) reducida a como se desarrollan los hechos, pero ya no tendrá mucha capacidad de maniobra si restamos ese peso especifico que tiene un hecho en concreto. Hecho al que, a priori, ya le habíamos puesto un nombre y le hemos asociado una serie de sentimientos. Esta visión nos obliga si o si a actuar de determinada manera. Y lo peor de todo: puede que ese hecho se repita en el tiempo, porque no se ha sabido analizar ese parte que se está compartiendo de manera más amplia y dejando que las palabras signifiquen menos y los actos en si mismo sean los que nos guíen.

Aceptemos el éxito y el recontamiento, pero no nos quedemos en él, no nos regocijemos demasiado, porque vendrán los fracasos y la frustración y si entendemos que todo es lo mismo, partes de ese Todo que se comparte, quizá actuemos de manera distinta. No es posible que algo los veamos como algo bueno deseable y que nos permita ascender en las estructuras sociales, pero cuando viene la muerte, la enfermedad, la desgracia o el fracaso, entonces pensamos que eso no va con nosotros, que hay que pasar página. Todo es lo mismo, no nos engañemos ni dejemos que nos engañe el lenguaje, que no sea él quién nos diga que debemos sentir o aprender de cada situación. Busca el aprendizaje en todo, profundiza tu mirada más allá y verás que siempre hay algo que extraer en cualquier situación, porque no se trata de merecer o sacar provecho de aquello que se nos da, se trata de experimentar lo más plenamente posible esa porción de realidad que se nos ha otorgado. Esa porción de realidad siempre sera tu merescere y depende de ti y sólo de ti el uso que le des. Éxito o fracaso, dinero, pobreza, bienes materiales, todo eso da igual, es accesorio. Lo único que importa es lo cerca que puedas estar de tu esencia. Lo demás, carece de valor real.

Mis mejores deseos para todos y todas.

Gregor.


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