El joven que partía migas de pan

Cuando era más joven, para acostumbrar mi mente a la idea de infinito, pensaba que si partías algo por la mitad, cualquier objeto, por muy grande o pequeño que fuese, siempre habría dos mitades iguales hasta el infinito. Partes muy pequeñas de algo muy pequeño. Pero claro, por aquel entonces no sabía lo que era la física cuántica. Y es que resulta que si miras algo muy pequeño, pero muy muy pequeño, lo único que podríamos llegar a observar son posibilidades, una idea de donde podría estar, pero nunca la posición exacta de las dos mitades Resulta que están en términos de probabilidades. Qué barbaridad. ¿El infinito resulta que es la extinción de la materia o, simplemente, llegados a cierto punto, el sustrato del universo se vuelve invisible a los ojos del único ser con conciencia de sí mismo y, por tanto, con capacidad de observación? Ya no es que partiera una miga de pan y siempre hubieran dos mitades iguales hasta el infinito, es que la miga de pan se desdibujaba y lo único que quedaba eran probabilidades, energía sin materializar, pero con información para poder ser miga de pan. ¿En qué lugar nos deja eso si en última instancia nosotros también podemos ser diseccionados hasta esa última frontera? ¿Somos energía materializada? y, si es así, ¿provenimos de la misma fuente y cuando intentamos mirarla no podemos porque está fuera y dentro a la vez? Qué confuso todo. ¿Nosotros también existimos en esos términos, pero no somos capaces de ver esa última frontera? ¿Somos una de tantas probabilidades? ¿Esto es la esencia del libre albedrío, saberse con capacidad para materializar aquello que sólo está en términos de probabilidades y que, en esencia, dada la naturaleza indeterminada de la existencia, esas probabilidades son todas?


Partiendo de este axioma, que parece sencillo, pero desde luego no lo es, o al menos a mí no me lo parece, podemos deducir que evidentemente nuestra naturaleza es material, somos criatura, pero al a vez somos un atributo, pues estamos conformados a partir de energía materializada, energía con una información determinada que da forma y aporta el sentido material de nuestra existencia en el mundo. Podemos aportar información, pues nuestra naturaleza y nuestra capacidad de ser conscientes de nosotros mismos nos permiten cierta ventaja. Podemos intuir que somos algo más, pues estamos formados a partir de una información precisa, pero, sin embargo, cuando mirarnos de cerca no somos capaces de ver nada, nos trasciende. A gran escala, este sustrato conforma el mundo que conocemos, pero a pequeña escala se esconde, se muestra y se esconde sobre sí mismo. Vuelvo a repetir: nos trasciende. Es ilógico describir nada, pues no tenemos certeza alguna, pero si podemos ver sus atributos en el mundo material, vemos a nuestros semejantes y vemos el mundo que forma parte de nuestra realidad, sujetos y objetos de manera simultánea de una creación constante: nuestro universo.

Vayamos por partes.

Saber que lo que realmente somos es energía materializada con memoria y capacidad de transformación nos permite dar algunos pasos firmes hacía las respuestas inherentes que todos nos hemos hecho alguna vez. Quizá no sea algo sencillo de entender, tampoco es que importe mucho, pero ahí está, aportando una verdad a la que agarrarse cuando las cosas van mal. Demos un paso más. obviamos el tema del big bang y toda esa movida porque no creo que resulte muy relevante, pero lo cierto es que todo este despliegue de posibilidades, unas materializadas, otras por materializar, todas validas, sin conceptos, sin moral, sin polos, todo esto es sobre sí mismo y, por supuesto, a partir de su propia naturaleza. Somos parte del universo, por lo que parece lógico pensar que todos somos lo mismo, pero distintos, como infinitos atributos. Es lo más cerca que podemos estar del concepto de causa sin causa. Lo demás, pues es romperse el cerebro para sacar conclusiones poco claras. Es más fácil aceptar que intentar poner nombre a todo.

Volvamos al tema de la formación de la materia, las posibilidades y todo eso. A medida que la energía se va condensando, las posibilidades se van reduciendo y al pasar a ser materia no se tiene más remedio que atarse a las reglas que ella misma a prescrito sobre si misma: la ley natural. Y nosotros somos el resultado de ese continuo refinamiento, de esa continua re-escritura de las mismas reglas, bajo el mismo sustrato. Iguales, pero distintos. Materia más compacta, más compleja, más alejada del origen, pero más consciente de su existencia. Eso somos nosotros, los humanos. ¿Hermoso, verdad? Somos más complejos, atentemos a más normas, a más leyes, normas y leyes que, a menudo, velan que en esencia somos continente de todas las posibilidades. Acceder a esta memoria, trascender esa barrera de lo material a lo inmaterial es lo que llevamos haciendo más o menos medio millón de años. Con resultados dispares, dicho sea de paso.
Si adquirimos la capacidad de entender nuestra posición inmanente como materia la posibilidad de trascender esa naturaleza se habilita como algo lógico y comprensible, al menos desde un punto de vista intelectivo. Y sin quererlo y en un par de párrafos hemos desvelado que realmente somos lo que la memoria, la energía y la evolución de la materia siguiendo las normas de una ley escrita en todo el universo nos han dicho que somos. Algo puramente circunstancial. Pura circunstancia a la espera de desvelar aquello que nos aparta de esa naturaleza esencial que nos permitirá alcanzar una verdad más estable, algo que nos impulse, que nos trasforme, en definitiva: ser por encima del atributo, de la circunstancia, pero sin dejar de lado.

¿Y cómo es posible que el sustrato al que no podemos acceder porque se esconde en su propia creación haya puesto algo de sí mismo en algo que a su vez es causa y consecuencia de su existencia? ¿Es acaso nuestra complejidad material el punto de partida límite para desarrollar conciencia de ser? Vaya preguntas tengo… ¡Pues claro que sí! Me explico. Por primera vez en tu vida mírate el ombligo y piensa por un instante que fuiste creado en ese baile cósmico de explosiones, nucleares, nubes oscuras, estrellas y toneladas de hidrógeno y otros elementos. Piensa en los millones de años que han hecho falta para este día. Nueve meses dentro de tu madre, culito de bebe y conciencia de ser. Casi nada. Ahora mira tu interior, tus órganos, la multitud de funciones que realizas sin que hagas nada. ¡NADA! Una máquina perfecta, modelada en un lugar del universo con las condiciones apropiadas. ¿Para qué tanta complejidad sin un propósito? En términos biológicos somos ridículamente complejos. Para que la comida que has ingerido hoy te sirva como sustento, por poner un ejemplo, se necesitan encimas, coenzimas, vitaminas, minerales, bacterias intestinales, ácidos grasos, secreciones varias y demás movidas biológicas. Vuelvo a repetir la pregunta ¿Qué controlas? Nada. Bueno, sí, puedes decidir si comer un plato de comida saludable o zamparte alguna hamburguesa cutre, pero poco más. Y, sin embargo, ha sido necesario atomizar estas funciones vitales para dejarnos algo de margen con el que observar el mundo mientras la máquina perfecta que somos hace el resto. El soporte perfecto.

Ha quedado claro que somos un atributo de ese sustrato que no podemos ver, sumamente complejo, autónomo y completamente dependiente del resto de creación material a través de los sentidos. Imagina tener que decir a tus riñones cuando trabajar, a tu sistema hormonal cuando movilizarse o a tu hígado qué hacer. La ciencia le atribuye al hígado más de quinientas funciones vitales. Menuda agenda más apretada llevarías, ¿no? Y, sin embargo, la parta más compleja, todo ese universo interior que somos, es al margen de nuestra intuición y de nuestra capacidad de percibir el mundo que nos rodea. Dejar que nuestro cuerpo haga lo que tiene que hacer para que podamos centrarnos en algo más importante es un proceso que ha durado millones de años, antes incluso de que la conciencia de ser se insertara en la criatura. Durante millones de años fuimos animales, seres complejos pero no dotados con esa intuición que nos permita atisbar que la materia se puede trascender. Y es por eso que cuesta desprenderse de nuestra naturaleza animal, porque ha sido un compañero fiel durante mucho tiempo.

Es por tanto, conveniente decir que el ser humano se mueve en ese puente entre lo animal y el yo que puede intuir ciertos aspectos sobre su existencia más allá de la criatura. Y también es conveniente decir que esas dos naturalezas en realidad sólo son una sola. Volvemos a la dualidad, un concepto que todas las religiones y demás estructuras destinadas a explorar esta parte del ser humano han manejado durante milenios. Hay que decir que este salto evolutivo no fue a cualquier precio, pues el conflicto de identidad, ese fino puente que separa nuestras dos naturalezas ha sido fuente de más de un problema en el desarrollo de la humanidad. Si Marx decía que la humanidad se había sustentado gracias al sufrimiento de unos humanos en beneficio de otros humanos, lo cierto es que, en mi opinión, la humanidad se ha sustentado más bien en la negación o reconocimiento de la naturaleza verdadera del ser humano en contraposición a su naturaleza animal. Como dijimos, ambas indivisibles y necesarias, pero amargamente contradictorias en muchos casos.

Y todo esto nos deja una humanidad que no puede vivir sino es en función del significado que ella misma ha inventado sobre su existencia y este relato creacional siempre es fruto de lo que cada uno de nosotros creemos ser o creemos que podemos llegar a ser. Y toda la filosofía, religiones, todos los mitos, misterios y profetas. La Única realidad. Te toca a ti desentrañar los mitos y las falsedades que, aun siendo parte integrante del todo, son, de hecho, algo que te separa del todo.

Gregor


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